
La celebridad de Horacio Echevarrieta terminó en el más absoluto de los olvidos y hoy son muy pocas las personas –básicamente historiadores y curiosos- a quienes suena su nombre.
Miembro, por nacimiento, de la burguesía bilbaína de Neguri, y propietario de numerosas empresas (minas, madereras, hidroeléctricas, etc.), también un periódico, El Liberal, supo estar en primera línea de los negocios que se le fueron presentando (como el Ensanche de Bilbao, la Gran Vía de Madrid o el Metropolitano de Barcelona, de cuya línea 2 era socio, entre muchos otros) y de la política, que le llevó en tres legislaturas como diputado por Bilbao a las Cortes por el partido republicano que había fundado Nicolás Salmerón.
Reprodujo también las excentricidades de los magnates de la época, al disponer de varias mansiones, colecciones de arte, automóviles de lujo, y diversos yates para sus viajes, sus actos sociales y también el disfrute de su pasión por navegar.
Fue precisamente en uno de sus veleros que alcanzó máximas cotas de popularidad, al negociar desde él, en

Estas amistades abrieron una nueva época –de primera página nacional- a don Horacio, y le costaron un enfrentamiento con altas instancias militares (opuestas a la negociación con los rifeños) y, sobre todo, con los líderes políticos, muchos de ellos compañeros de partido o incluso receptores de sus dádivas, que aspiraban a instaurar un régimen republicano en España: Indalecio Prieto (amigo, a pesar de la rivalidad política en la circunscripción de Bilbao, y que le adquirió el diario El Liberal) o Alejandro Lerroux, entre otros.

Atrás, sin embargo, quedaban los años dorados en la cima de la política y la sociedad, rodeado de las más altas figuras, e involucrado en los negocios más pujantes: empresas energéticas como Iberdrola, líneas aéreas como Iberia, y la más moderna tecnología, la que iba a transformar España y Europa en el siglo XX, y que puede decirse que pasó por sus manos.
Fue una personalidad única y extraordinaria, a la que es más fácil percibir que juzgar. Ambicioso, intuitivo y valiente, quizá oportunista sin que esto excluya el compromiso que mantuvo con su tierra y del que pudo desencantarse ante la dimensión pública que tuvo por delante.

No pretende ser una biografía lineal o crítica, esa labor la dejamos para otro programa exhaustivo o incluso para una eventual película o serie de ficción, pues el material es comparable al de Hearst o Howard Hughes, por citar algunos casos célebres del otro lado del Atlántico. Lo que nos interesa y fascina es la originalidad y ambigüedad del personaje, su capacidad para moverse en circunstancias distintas, en un mundo cambiante, y poder sobrevivir a ciertas transformaciones, aunque finalmente quede, también, obsoleto al mundo que él mismo había soñado (la República).
A través de pinceladas y, sobre todo, de sus temerarias actuaciones en el mundo de los negocios, el espectador dispondrá de elementos para hacerse un juicio de valor que, en todo caso, no es objetivo de este documental ni de sus autores.


Otras peripecias suyas en la I Guerra Mundial contribuyeron a en torno a él un aura de agente secreto, entre ellas su huida de una cárcel chilena a través de los Andes, para cruzar el Atlántico bajo una de sus varias identidades: Reed Rosas.
Con este nombre desarrolló una silenciosa pero eficaz labor en la España de 1916-17 que combinaba el apoyo a los u-boots alemanes que acosaban el tráfico marítimo internacional, con los primeros contactos para establecer un servicio secreto y apoyos en los medios políticos y financieros españoles. Canaris entabla conocimiento con banqueros y personajes de alto nivel, entre los cuales se produce el primer encuentro con Horacio Echevarrieta.
Canaris debió jugar una baza fundamental en la decisión que tomó Echevarrieta de deshacerse de su naviera (dos de cuyos barcos han sido hundidos por u-boots alemanes, a pesar de la neutralidad de España) y adquirir el astillero Vea-Murguía de Cádiz. Los pequeños mercantes que allí empiezan a construirse debían servir de nodrizas a
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Los periódicos alemanes no dudaron en vincularle a turbios asuntos (como la muerte de Rosa Luxemburgo), con lo que Canaris hubo de abandonar la red española y regresar a un discreto destino en la Marina, cuando más falta hacía. Poco después el nuevo régimen nacionalsocialista, en las antípodas de la II República que estrenaba España, se sentiría liberado de todas las ataduras del Tratado de Versalles, y continuaría ya de forma abierta la carrera armamentística en su propia casa, dirigiendo su paso ya sin ambages hacia una segunda gran guerra.
En ella se acabaría de consolidar el mito de Canaris, quien aun distante a la ideología nazi, dirigió el Abwehr, el prestigioso servicio secreto con autonomía y cierta aura de la época en que magnates, políticos y espías habían compartido las mismas cenas y casas. Asociado a la conspir

Condecorado en varias ocasiones por sus hazañas dentro y fuera del campo de batalla, Canaris podría considerarse el paradigma del espía: educado, cortés y considerado con los enemigos, siempre marcado por una gran serenidad y total autocontrol.